Se hace de noche
Todos duermen. De noche duermen. En el Cabildo solo quedan un par de colchones a la intemperie: Algo húmedos, algo secos. Algo cómodos, algo tristes. Y sobre ellos alguien que intenta descansar al costado de los mil pasos. Todos duermen. De noche duermen. En la Catedral encontraron hasta la cruz vacía: era Jesús que había bajado para dormir un ratito en el confesionario (mucho frío, mucha soledad). Las palomas, la calle, los ministerios que te rodean, los bancos, las luces, el pasto de Mayo, y la hormiga que camina sobre tu pecho. Todos duermen. Esperando. Al día siguiente. A la jornada. A la Plaza que mira por un lado a Dios y por otro a Perón. A la libertad, y también a la AFIP. Todos duermen. No veo nada. Las caminatas maratónicas del día se disuelven en grillos aporteñados. Los banquitos que actúan de fast-food, se transforman en camas de piedra. Y los árboles aprovechan para tomar un poco de oxígeno…un poco de oxígeno de las marchas, los pisoteos, las corridas, y los triunfos. Los gritos, los aplausos, las risas, y los llantos. No veo nada. Todos duermen. Los bichos, las escarapelas, el asfalto, y la pirámide. Los graffitis, los rencores, la valla, y la pisada. Todos duermen. No veo nada (o muy poco). Ese poquito de luz que viene de fondo. De un fondo no tan lejano. De un fondo que mezcla la sangre con la paz. De un fondo majestuoso, imperial. Balcones vacíos. Persianas bajas. No veo nada (o muy poco). Esa porción de luz que viene de la ventanita radiante. Todo es oscuro. Todo es dormido. Menos la ventanita radiante. Me acerco, hago sombras (cocodrilos, palomas, y monos), y me pongo de puntitas de pie para poder ver algo más. Me pregunto quién estará detrás de la ventanita radiante de ese palacio que mezcla la sangre con la paz. Me pregunto si no se habrán olvidado de apagar la luz. Me pregunto si el poco resplandor de la Plaza se debe a la ventanita radiante. Me quedo una hora. Dos horas. Tres horas. Ya va a empezar a salir el sol y la ventanita sigue radiante. Con el primer rayo alguien apaga la luz. Otro abre las ventanas del palacio. Otro apaga un cigarrillo. Otro se prepara un café. Otro deja el whisky. Otro se despide. Veo caras, ojeras, saludos. Veo risas, muecas, despidos. Del otro lado se acerca un viejito. Medio rengo, medio cansado. No debe haber dormido bien, pienso cuando me mira. Se acerca. Se acerca a mi oído. Se acerca un poco más a mi oído. “Es que a estas horas nadie los molesta”, susurra el viejito mientras regresa a su colchón. Me doy vuelta. Lo veo renguear. Y decido pensar que detrás de esa ventanita también se cumplen horas-extra.

1 Comments:
felicitaciones, muy buena descripción. estuve ahí cuando lo leí.
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