Cafeína
Estoy cansado de que el café me salga sin espuma. Intento, fracaso, vuelvo a intentar -esta vez con más profesionalismo-, pero caigo en la realidad de que nunca podré hacerlo con esa espuma que flota, y a veces hasta rebalsa del contorno que la encierra. Una espuma en ascenso, ondulada, con una melodía que acompaña a la cafeína, mientras la esconde en un mar de burbujas.
Decepcionado (y hasta triste), sigo ejercitando con las herramientas que de a poco intento cambiar: ¿será la cuchara, la taza, o el agua que de tanto hervir me quema los pocillos? Pero difícilmente salga a la luz alguna solución para este café negro, sin espejo, llano, sin vida, y mucho menos color.
Y por eso nunca dejaré de admirar al género femenino, que con religiosa paciencia revuelve el café transformado en crema, y una crema que se transforma posteriormente en café con el ejercicio del agua. Y que no sea una escena menor: una mujer que lo prepara es tan o más cautivante que una mujer dibujando. Admiro, sigo admirando, y centro los ojos en el ángulo superior de la taza. Ella agrega el café, un poco de azúcar, algunas gotitas de agua para humedecer el contenido, y así empieza a actuar con cariño. Es ahí donde veo la mano que sostiene la cuchara. Una mano que ingresa a la taza sin vergüenza y que con exagerada, pero necesaria dedicación, empieza a girar como una calesita.
El producto es instantáneo, o tardío, depende de la humectación, depende de las cuotas sensibles que la hacedora quiera ponerle. Pero nunca dejar de batir, esa parece ser la consigna. Y mientras uno más le pide, más revuelta habrá, (siempre y cuando haya una conexión previa que encienda un poco más los motivos).
Así se va obteniendo el café con espuma, así se va obteniendo tu café con espuma que me acompaña y empaña mis anteojos. Que con lenta conducción saborea el más inocente del barrio, y el goloso que envicia la ciudad. El café con espuma que inspira, y que como buena musa desaparece a los pocos tragos (hay que pasar el mal trago, decía mi abuela). Ese café que acusan de asesino, como si un asesinato tuviera actores que dan tanto placer y entidad.
Y todo se lo debemos a la mano autora, una mano que ya lleva implícita al género femenino, y que con infinita ternura revuelve los granos disueltos en agua. Y yo que admiro, sigo admirando, porque la capacidad de admiración no se borra. Es que con el tiempo la mirada dispara hacia otros estímulos que, sin quererlo y con un enorme desperdicio, compran toda actividad humana: Que los Hombres hayan inventado la cafetera, me hace pensar que al mundo le falta más amor.
Decepcionado (y hasta triste), sigo ejercitando con las herramientas que de a poco intento cambiar: ¿será la cuchara, la taza, o el agua que de tanto hervir me quema los pocillos? Pero difícilmente salga a la luz alguna solución para este café negro, sin espejo, llano, sin vida, y mucho menos color.
Y por eso nunca dejaré de admirar al género femenino, que con religiosa paciencia revuelve el café transformado en crema, y una crema que se transforma posteriormente en café con el ejercicio del agua. Y que no sea una escena menor: una mujer que lo prepara es tan o más cautivante que una mujer dibujando. Admiro, sigo admirando, y centro los ojos en el ángulo superior de la taza. Ella agrega el café, un poco de azúcar, algunas gotitas de agua para humedecer el contenido, y así empieza a actuar con cariño. Es ahí donde veo la mano que sostiene la cuchara. Una mano que ingresa a la taza sin vergüenza y que con exagerada, pero necesaria dedicación, empieza a girar como una calesita.
El producto es instantáneo, o tardío, depende de la humectación, depende de las cuotas sensibles que la hacedora quiera ponerle. Pero nunca dejar de batir, esa parece ser la consigna. Y mientras uno más le pide, más revuelta habrá, (siempre y cuando haya una conexión previa que encienda un poco más los motivos).
Así se va obteniendo el café con espuma, así se va obteniendo tu café con espuma que me acompaña y empaña mis anteojos. Que con lenta conducción saborea el más inocente del barrio, y el goloso que envicia la ciudad. El café con espuma que inspira, y que como buena musa desaparece a los pocos tragos (hay que pasar el mal trago, decía mi abuela). Ese café que acusan de asesino, como si un asesinato tuviera actores que dan tanto placer y entidad.
Y todo se lo debemos a la mano autora, una mano que ya lleva implícita al género femenino, y que con infinita ternura revuelve los granos disueltos en agua. Y yo que admiro, sigo admirando, porque la capacidad de admiración no se borra. Es que con el tiempo la mirada dispara hacia otros estímulos que, sin quererlo y con un enorme desperdicio, compran toda actividad humana: Que los Hombres hayan inventado la cafetera, me hace pensar que al mundo le falta más amor.

4 Comments:
los hombres hoy se exceden en su labor de culturizar y olvidan el placer de amar.
lindo relato gabito
totally agree
muy lindo
me dieron ganas de un café batido
Justo anteayer me hicieron un café batido que estaba excelente. Eso sí, estaba hecho con mucho amor je.
1/2 (no medio) veces por día habil me preparo un intento de café batido con el agua que cae desde el Sparklin. Nunca me sale la espumita.
Así como la felicidad se encuentra en las cosas sencillas, creo que que la decepción (y hasta la tristeza) también.
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