El segundo escalón de una plaza con muchas plazas
Estoy sentado en un escalón, que casualmente siento que vos también te sentaste. Es de noche, está nublado (me acuerdo el día que me enseñaron a descubrir las nubes en la oscuridad: claro, no hay estrellas, ¡qué tonto fui!). Mientras miro a la gente que pasa me pregunto si ellos me creen. ¿Ficción? ¿Realidad? Estoy sentado en un escalón, ¿no me creen? Te cuento: es de hormigón, gastado, pintado con graffitis al estilo adolescente y la escalera en general apenas tiene cuatro escalones. Yo estoy en el segundo, empezando por abajo. Supuse que vos habías elegido el mismo: el primero queda medio incómodo para las piernas; en el tercero hay una planta a la izquierda que impide la visión; y en el cuarto estás prácticamente en la vereda del próximo paseo (no sé qué es: ¿una feria? ¿un negocio? No importa…) Por eso elegí el segundo, por descarte, como todo. ¿Descarte? Ta te ti suerte para ti, sino será para ti será para mí, ta te ti. Y salió el segundo, ¿podés creer?
Igualmente en ningún momento lo dudé. De no haber sido por ese escalón, no hubiese existido nada, y en el 2006 yo no hubiera escrito esto. Cuatro años de distancia y un escalón en el medio. Me pregunto quiénes habrán pasado por donde hoy estoy yo: parejas, skaters, solteros, llantos, alegrías, borracheras, lluvias, hojas, escupitajos, vómitos, perros…todo en un escalón. ¿Propuestas? También. Todo en un escalón medido por el tiempo, la distancia, los enigmas, y las misteriosas encrucijadas. (Si hubieses tardado cinco minutos más en la ducha, tu vida hubiera sido otra).
Dejo de pensar, pero sigo en este escalón. La gente pasa, y cada uno con su destino: ¿adónde carajo irán? Me intriga y empiezo a jugar adivinando: al viejo que viene a mitad de cuadra, con campera marrón, y un bastón en la mano derecha, me lo imagino yendo al almacén que hay en la otra esquina. A comprar…a comprar unas galletitas de agua marca traviatta y un dulce de durazno. El viejo tiene cara de comer dulce de durazno. ¿Descarte? Puede ser…hice el tateti con 4 variables y salió el durazno. La señora que está cruzando la calle tiene cara de ir a la peluquería. Su pelo no da para más. Tiene un ¿brashing? (¿así se escribe mamá?) gastado y podrido por la humedad. Vieja rara: tiene una cartera chiquita de leopardo, y unas botas negras que le llegan hasta la rodilla. ¡Qué incómodo! La estética vs la comodidad: al encuentro lo arbitra la presión social, y le da más puntajes al primer sujeto. Miro mis zapatillas y sonrío.
Dejo de jugar, pero sigo en este escalón. Vuelvo a mi motivo, y recuerdo que me senté acá para recordar. 2. Ajustado número: 2. Intento revivir la escena, y solo imagino cada una de las palabras enumeradas. Mirando para arriba, el escalón te deja más chiquito, y ese ángulo permite ver todo más grandote: los edificios, las nubes negras, el árbol que tapa la visibilidad del otro edificio, y las personas paradas, frente a frente, dan la impresión de gigantes… y uno tan sensible… sentado… en un escalón.
Sigo pensando, en el escalón. No sé qué hora es, ¿hace mucho que estoy acá? ¿qué hago acá?…“¿Tenés fuego?”. “No fumo”, le respondo. “Yo tengo”, le dice una chica que estaba sentada en el cuarto escalón a la derecha. Cuánta cautela para sentarse, pensé. ¿En qué momento lo hizo? “Estás tapando la vereda sentada en ese escalón, ¿no te molesta?”, le pregunto. “¿Y a vos te molesta si primero me da el fuego y después siguen hablando?”, dice el pibe del cigarrillo. “Tomá, acá tenés”, le muestra la chica. “Gracias”, se despide el pibe. “Suerte”, le deseo. “Hola”, la saludo. Y uno que justo pasaba por la vereda me mira, extrañado, y se ríe.
Igualmente en ningún momento lo dudé. De no haber sido por ese escalón, no hubiese existido nada, y en el 2006 yo no hubiera escrito esto. Cuatro años de distancia y un escalón en el medio. Me pregunto quiénes habrán pasado por donde hoy estoy yo: parejas, skaters, solteros, llantos, alegrías, borracheras, lluvias, hojas, escupitajos, vómitos, perros…todo en un escalón. ¿Propuestas? También. Todo en un escalón medido por el tiempo, la distancia, los enigmas, y las misteriosas encrucijadas. (Si hubieses tardado cinco minutos más en la ducha, tu vida hubiera sido otra).
Dejo de pensar, pero sigo en este escalón. La gente pasa, y cada uno con su destino: ¿adónde carajo irán? Me intriga y empiezo a jugar adivinando: al viejo que viene a mitad de cuadra, con campera marrón, y un bastón en la mano derecha, me lo imagino yendo al almacén que hay en la otra esquina. A comprar…a comprar unas galletitas de agua marca traviatta y un dulce de durazno. El viejo tiene cara de comer dulce de durazno. ¿Descarte? Puede ser…hice el tateti con 4 variables y salió el durazno. La señora que está cruzando la calle tiene cara de ir a la peluquería. Su pelo no da para más. Tiene un ¿brashing? (¿así se escribe mamá?) gastado y podrido por la humedad. Vieja rara: tiene una cartera chiquita de leopardo, y unas botas negras que le llegan hasta la rodilla. ¡Qué incómodo! La estética vs la comodidad: al encuentro lo arbitra la presión social, y le da más puntajes al primer sujeto. Miro mis zapatillas y sonrío.
Dejo de jugar, pero sigo en este escalón. Vuelvo a mi motivo, y recuerdo que me senté acá para recordar. 2. Ajustado número: 2. Intento revivir la escena, y solo imagino cada una de las palabras enumeradas. Mirando para arriba, el escalón te deja más chiquito, y ese ángulo permite ver todo más grandote: los edificios, las nubes negras, el árbol que tapa la visibilidad del otro edificio, y las personas paradas, frente a frente, dan la impresión de gigantes… y uno tan sensible… sentado… en un escalón.
Sigo pensando, en el escalón. No sé qué hora es, ¿hace mucho que estoy acá? ¿qué hago acá?…“¿Tenés fuego?”. “No fumo”, le respondo. “Yo tengo”, le dice una chica que estaba sentada en el cuarto escalón a la derecha. Cuánta cautela para sentarse, pensé. ¿En qué momento lo hizo? “Estás tapando la vereda sentada en ese escalón, ¿no te molesta?”, le pregunto. “¿Y a vos te molesta si primero me da el fuego y después siguen hablando?”, dice el pibe del cigarrillo. “Tomá, acá tenés”, le muestra la chica. “Gracias”, se despide el pibe. “Suerte”, le deseo. “Hola”, la saludo. Y uno que justo pasaba por la vereda me mira, extrañado, y se ríe.

2 Comments:
Creo que es "brushing", no "brashing", jaja.
linda reflexión
sentado en un escalón
y rimó, ja
sí creo que es brushing
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