Sunday, June 25, 2006

19/12/01

El 19 de diciembre del 2001, Lucas miraba la televisión. Disfrutando de sus vacaciones, nunca llegó a dudar de su actividad preferida: ser pasivo. A Lucas le habían aburrido las historietas. “Tenía que leer mucho, y no daba”, me contó el día que empecé a reconstruir este hecho. Por eso es que el pibe había elegido la pantalla como el medio más expresivo de todos.
En ese momento Lucas andaba por los ocho años, un verdadero mocoso, como lo sigue llamando Gonzalo, su hermano mayor. Gonzalo es un tipo particular. Él no eligió ser pasivo como su hermano. Tal vez se pasó de activo y las noches llenas de drogas y putas lo empezaron a transformar en un verdadero fantasma, de lo más pasivos. Ni Lucas ni Gonzalo estaban lejos de la conformidad. Con niveles diferentes, ambos no eran conscientes de su realidad. No, esa no. Hablemos de la realidad, la verdadera.
El 19 de diciembre del 2001, uno de los canales de aire más conocidos había anunciado para las ocho de la noche la película de los ídolos de Lucas: los Power Rangers. Hacía tres años que los venía viendo en dibujitos y la boluda de su vieja (como me la describió el otro día), no lo había llevado al cine para ver el estreno: (Laura siempre estuvo en contra de la violencia televisiva). “Todavía me acuerdo los comentarios de mis amigos sobre la película, qué hijos de puta”, me contó hace poquito Lucas.
La espera lo estaba matando. Eran las siete de la tarde y recién comenzaba la novela que precedía a la película. De fondo, como una bomba histérica que explota sin control, Lucas escuchaba a su hermana Belén quejarse: “Cállense negros de mierda, quiero ver la novela”, gritaba por el balcón: las cacerolas la estaban enfermando.
7:30…7:40…7:45…7:50…7:55…la película iba a empezar, pero la pantalla pintó rápidamente otra escena: “Mensaje de la Presidencia de la Nación”. “¿Qué es esto?”, pensó asustado Lucas. Desesperado y con mucha ansiedad, agarró el control remoto y empezó a cambiar de canal: en todos estaba el mismo tipo hablando. “¡Mamá!”, gritó Lucas. “¿Qué es esto?”. Su madre no estaba en casa. Gonzalo se acercó y le dijo: “Es tu presidente boludo, ¿no entendés el quilombo que hay acá?”, le contestó. “Pero, ¿no van a pasar la película?”, preguntó ingenuamente Lucas. Mientras tanto se escuchaba al tipo que hablaba. Con traje y en un escritorio con banderita de Argentina, afirmaba: “Declaro el Estado de sitio…”. “¿Y eso?, preguntó Lucas. “Quiere decir que el presidente te ordena a que te quedes en ese mismo sitio y en ese mismo estado, así que no te muevas, mocoso”, le contestó su hermano pegándole una trompada.
Lucas se había quedado sin la película. El mensaje presidencial le había ganado espacio al ansioso sueño del mocoso.

Ya pasaron más de cuatro años y Lucas nunca más tuvo la posibilidad de ver la película. “Con el tiempo me fui olvidando”, me contó. Se acordó casualmente el otro día en su clase de historia argentina. Su profesor Claudio disparó el tema: “¿Quién puede contar lo que pasó en diciembre del 2001?”. Ninguno se atrevía a hablar, y por dentro Claudio pensaba tristemente en esa fecha. Se acordó de sus putos ahorros; de la despedida de su anterior trabajo y de la cantidad de horas manejando ese taxi Peugeot 504.. Claudio iba recordando cada uno de los momentos que la crisis había marcado. No podía parar de pensar. Era la primera vez que enseñaba el tema, y jamás imaginó que lo afectaría tanto.
Y la clase que seguía en silencio. El profesor estaba en su mundo, y los alumnos no sabían qué hacer: se sentían muy pequeños para hablar del tema. Pero Lucas también pensó. Después de tanto tiempo sin recordarlo, volvió a pensar en ese día. Pensaba con bronca y nostalgia; como si nunca más pudiera perdonar al tipo que había cancelado la esperada pelicula.

2 Comments:

At 6:35 PM, Anonymous Anonymous said...

real.

 
At 6:33 PM, Anonymous Anonymous said...

esta bueno, me gusto

de la rua hijo de putaaaaaa

 

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