Sobre el olvido
Tanto tiempo pasó de la última jugada que las páginas comenzaban lentamente a poblarse. Seguramente este haya sido el único camino para no olvidar, pero no por una cuestión natural de no buscarlo, sino porque nadie quería que el olvido se transformara en recuerdo (eso es puramente artificial), aunque seguramente hubiese sido mucho más leve que un recuerdo convertido en olvido*. Gracias a Dios esto último es tan inexistente como improbable. Además, ¿quién fue el anunciante de la teoría del olvido? ¿Realmente existió? Por ahora no. O tal vez sí, y ya lo olvidamos…
*(El olvido se mantiene intacto en sus dos etapas: una positiva y otra negativa, si se quisieran etiquetarlas de alguna manera. El olvido que se hace recuerdo toma lugar en el primer espacio, y no es otra cosa que una sensación agradable de algún acontecimiento de la vida que quedó ahí, en algún cajón con tierra, un poco de tierra. La segunda etapa consiste en ese recuerdo ya olvidado, en donde ni siquiera quedan huellas de lo vivido).
…Había pasado un tiempo, mucho tiempo de la última jugada. Sin embargo el olvido parecía no asomarse. Pero esto era puramente ilusorio, porque eran los mismos ojos los que no querían ver esa llegada; su mirada estaba concentrada en esos pocos segundos que se tienen por semana. Claro, la vista debía descansar lentamente para poder captar todos y cada uno de los movimientos. Debía estar latente y porqué no expectante de la situación, de la extraña situación.
Pero en verdad todo esto es más simple de lo que parece. Acá no hablamos de juegos de palabras, y ni siquiera de contradicciones. Todo es cierto en este espacio, o tal vez no. Igualmente claro está que las letras siguen siendo el mejor reflejo de lo que pasa, pero no el único. Los pactos también nos hablan, nos miran, nos interrogan, nos acarician, nos dan la espalda, nos aprietan y nos matan.
*(El olvido se mantiene intacto en sus dos etapas: una positiva y otra negativa, si se quisieran etiquetarlas de alguna manera. El olvido que se hace recuerdo toma lugar en el primer espacio, y no es otra cosa que una sensación agradable de algún acontecimiento de la vida que quedó ahí, en algún cajón con tierra, un poco de tierra. La segunda etapa consiste en ese recuerdo ya olvidado, en donde ni siquiera quedan huellas de lo vivido).
…Había pasado un tiempo, mucho tiempo de la última jugada. Sin embargo el olvido parecía no asomarse. Pero esto era puramente ilusorio, porque eran los mismos ojos los que no querían ver esa llegada; su mirada estaba concentrada en esos pocos segundos que se tienen por semana. Claro, la vista debía descansar lentamente para poder captar todos y cada uno de los movimientos. Debía estar latente y porqué no expectante de la situación, de la extraña situación.
Pero en verdad todo esto es más simple de lo que parece. Acá no hablamos de juegos de palabras, y ni siquiera de contradicciones. Todo es cierto en este espacio, o tal vez no. Igualmente claro está que las letras siguen siendo el mejor reflejo de lo que pasa, pero no el único. Los pactos también nos hablan, nos miran, nos interrogan, nos acarician, nos dan la espalda, nos aprietan y nos matan.
Hace unos días la locura hizo un pacto con los ojos. Por suerte, o desgracia, pude presenciar ese momento. La locura tomó la palabra y los ojos escuchaban. Era todo tan confuso. Ambos discutían, y juro que hasta llegaron a golpearse. Los ojos siempre fueron más sumimos, pero nunca dejaron de imponer cierta autoridad (sino los llevan por delante, como siempre). La locura estaba loca, y no es una tonta redundancia. Repito: la locura estaba loca en serio. Nunca la había visto así. ¿Qué le pasaba? ¿En qué pensaba? Ni los ojos lo sabían. Toda la atención estaba concentrada en el pacto, era un momento tan especial que hasta llegó a tornarse insoportable. Igualmente el pacto fue más sencillo de lo que esperaba: se llegó al acuerdo de que los ojos no podrán mirar otra cosa que su figura, sí, la de ella. No tendrán tiempo ni espacio para mirar alguna otra especie. Ya no podrán ver el sol, la silla, el agua, el pan, la luna, el auto, la tierra, la taza, el árbol, el perro, el libro, el disco, la foto, la sombrilla, el charco, el llavero, el café, la mesa, la plaza, el tablero, el poster, la tele, la hoja, el gato, la pizza, el mate, el niño, la moto, la montaña, el puño, la nube, el barco...
Esas eran algunas de las condiciones que la locura y los ojos habían firmado. Los ojos no quedaron muy conformes, pero la locura siempre mandaba, hasta en los momentos más pacíficos del hombre.
También hablaron de la posibilidad de no dejar entrar al olvido; de no permitirle que pise el más mínimo rincón. Ese fue uno de los pocos puntos que no tardaron en solucionar. Ni siquiera discutieron, porque esto es realmente simple: los dos se alejan del olvido; los dos lo rechazan; los dos no quieren sentir su presencia; los dos no pierden tiempo en pensar en su regreso; los dos están convencidos de que todo esto es verdadero; los dos saben que algún día se va a dar. No saben cuándo ni cómo, pero por el momento el olvido no llegó, y este es un buen punto de partida, creen.

3 Comments:
loco estas re loco. te felicito, en serio. me gusta lo que estas escribiendo.
muy copado el texto, por momentos un poco contradictorio. Felicitaciones.
"Solo una cosa no hay. Y es el olvido", dijo Borges.
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