Húmedo el día
La rutina hizo que el abrigo sea un simple adorno en la ciudad, eso no es extraño. Salir y no encontrar el frío fue menos grave que empezar a depender de algo que ni siquiera tiene nombre, y no por su simpleza o indiferencia de llamarlo de algún modo, sino porque admito que ciertos nombres quedan chicos.
Que el día haya empezado con una esperanza tampoco es extraño: Nos levantamos, enfrentamos el día y volvemos a dormir. Esas acciones no son otra cosa que la espera esperanzadora de que algún día todo va a mejorar. Y sino, ¿para qué levantarse? Mejor quedarse durmiendo en otro sueño un poco menos real que el sonido del despertador aturdiendo al oído. Suena, lo apago y me levanto con el timbre de ese aparato en mi cabeza. Ese fue y es el primer contacto del día que nos lleva inevitablemente a depender de esa sensación que no puedo etiquetarla con algún nombre, pero que sí puedo afirmar alguna que otra cosa sobre su dependencia. Es ese sonido el responsable de que los hombres dejen de soñar. Es ese sonido el que indica la hora de la realidad, ordenando a cualquier sujeto un nuevo o rutinario mandato.
Cruzar la plaza tampoco es extraño. Y ni siquiera es parte de la rutina. Atravesarla es una exigencia del día que muchas veces deja de ser obligatoria para convertirse en una satisfacción, como hoy, que no quedaba otra alternativa que ir hacia lo que quiero, odio, busco y rechazo a la vez. Así se va aprendiendo que no todo tiene sentido; que hay cosas tan absurdas desde afuera pero tan importantes por dentro que muchas veces dan miedo.
Y lo esperado pasa tan rápido que mejor no recordar, y no por conveniencia, sino porque no hay nada bueno para hacerlo. Es tan difícil volver que inmediatamente entra en juego eso que algunos llaman nostalgia. Y qué significa esa palabra sino un ferviente rechazo al presente para volver a alguna situación del pasado. Seguramente como sinónimo de bienestar o satisfacción, pero qué pasa cuando de ese pasado no han pasado ni siquiera unos minutos; qué pasa cuando uno quiere quedarse en el estado anterior por siempre; y qué pasa cuando sólo queda caminar bajo la lluvia con un deseo omnipotente de adelantar el tiempo para volver a vivir lo mismo que recién, aunque sea por unos minutos, como siempre.
La vuelta sigue siendo normal, pero con una sola diferencia: ahora sí hay un momento para entrar al quiosco, tomarse algunos minutos para decidir qué golosina comprar, y seguir caminando con esos regalos que tan bien hacen: chocolate y música, la mejor combinación para un día tan gris. Después no queda nada más que esperar la comunicación de todos los días. Esas benditas letras, que por más pequeñas que parezcan, influyen sobre el ánimo: se modifica y perfecciona; se modifica y empeora. Y lo que hay detrás de todo esto nadie lo sabe, aunque igualmente haya una mínima esperanza de que esas letras se transformen en sonidos para siempre, para escucharlos y acompañarlos con otras formas un poco menos verbales y racionales. Porque levantarse a la mañana sin pensar en eso no tiene ningún sentido, menos aún despertarse sin estas ganas de escribir las únicas líneas que cuentan todo lo que pasa, para que las leas y entiendas que la humedad no es lo único que mata, esa es una simple excusa para disfrazar lo que mata de verdad.
Que el día haya empezado con una esperanza tampoco es extraño: Nos levantamos, enfrentamos el día y volvemos a dormir. Esas acciones no son otra cosa que la espera esperanzadora de que algún día todo va a mejorar. Y sino, ¿para qué levantarse? Mejor quedarse durmiendo en otro sueño un poco menos real que el sonido del despertador aturdiendo al oído. Suena, lo apago y me levanto con el timbre de ese aparato en mi cabeza. Ese fue y es el primer contacto del día que nos lleva inevitablemente a depender de esa sensación que no puedo etiquetarla con algún nombre, pero que sí puedo afirmar alguna que otra cosa sobre su dependencia. Es ese sonido el responsable de que los hombres dejen de soñar. Es ese sonido el que indica la hora de la realidad, ordenando a cualquier sujeto un nuevo o rutinario mandato.
Cruzar la plaza tampoco es extraño. Y ni siquiera es parte de la rutina. Atravesarla es una exigencia del día que muchas veces deja de ser obligatoria para convertirse en una satisfacción, como hoy, que no quedaba otra alternativa que ir hacia lo que quiero, odio, busco y rechazo a la vez. Así se va aprendiendo que no todo tiene sentido; que hay cosas tan absurdas desde afuera pero tan importantes por dentro que muchas veces dan miedo.
Y lo esperado pasa tan rápido que mejor no recordar, y no por conveniencia, sino porque no hay nada bueno para hacerlo. Es tan difícil volver que inmediatamente entra en juego eso que algunos llaman nostalgia. Y qué significa esa palabra sino un ferviente rechazo al presente para volver a alguna situación del pasado. Seguramente como sinónimo de bienestar o satisfacción, pero qué pasa cuando de ese pasado no han pasado ni siquiera unos minutos; qué pasa cuando uno quiere quedarse en el estado anterior por siempre; y qué pasa cuando sólo queda caminar bajo la lluvia con un deseo omnipotente de adelantar el tiempo para volver a vivir lo mismo que recién, aunque sea por unos minutos, como siempre.
La vuelta sigue siendo normal, pero con una sola diferencia: ahora sí hay un momento para entrar al quiosco, tomarse algunos minutos para decidir qué golosina comprar, y seguir caminando con esos regalos que tan bien hacen: chocolate y música, la mejor combinación para un día tan gris. Después no queda nada más que esperar la comunicación de todos los días. Esas benditas letras, que por más pequeñas que parezcan, influyen sobre el ánimo: se modifica y perfecciona; se modifica y empeora. Y lo que hay detrás de todo esto nadie lo sabe, aunque igualmente haya una mínima esperanza de que esas letras se transformen en sonidos para siempre, para escucharlos y acompañarlos con otras formas un poco menos verbales y racionales. Porque levantarse a la mañana sin pensar en eso no tiene ningún sentido, menos aún despertarse sin estas ganas de escribir las únicas líneas que cuentan todo lo que pasa, para que las leas y entiendas que la humedad no es lo único que mata, esa es una simple excusa para disfrazar lo que mata de verdad.

6 Comments:
gabito dejá las yerbas querido, con el amor no son una buena combinación.
Muy lindo lo que escribiste!
estas re loco chabon
me gustó mucho. fuerte.
nada mata de verdad, ni el mismo amor.
nos matamos nosotros mismos..
excelente ! mas que excelente..
Copa tu nueva forma de escribir, eso.
Post a Comment
<< Home