Tanguero en su tanguería
Eran las siete de la tarde, y con el atardecer típico que se vive en esa plaza, comenzaba el ritual. Los señores tomaban como guapos a sus mujeres, y el baile se iniciaba sin ningún pudor. Cada una de las parejas estaba atenta a sus pasos; lo único que importaba era bailar al compás de la música, al compás de esas melodías propias de los mejores tangueros de la Argentina.
Después de un largo rato de contemplación, un señor de edad, con traje y pucho en mano, comenzó a acercarse. “¿Sabes lo que pasa pibe?”, me preguntó. Me pareció un tanto estúpido preguntarle “qué”, por eso esperé a que siguiera hablando. “Hoy me quedé sin pareja pibe, eso pasa”, dijo con un tono soberbio y hasta repulsivo. “Cuando tenía tu edad las minitas me sobraban pibe, hoy ya no”, agregó. En ese momento yo no sabía qué hacer: si aconsejarlo (¿Yo? ¿Con 50 años menos que él?); si seguir hablando de ese tema; o hacerme el distraido y seguir mirando cómo los demás bailaban tango… Elegí la primera opción.
“Alberto (así me dijo que se llamaba), no se ponga mal; usted ya las habrá vivido todas. ¿Por qué no se dedica a otra cosa ahora?”, le pregunté. “Quizás el tango ya murió”, agregué un tanto asegurado. Después de esa drástica afirmación el viejo me miró, dio una pitada a su cigarrillo light y dijo: “¿Sabes lo que pasa pibe?, vos no entendés nada, eso pasa”.
No sabía qué decir. Me había metido en un gran lío. Alberto estaba indignado por mi aclaración y yo no sabía cómo remontar esta extraña situación. A todo esto el tango seguía sonando, y todos, pero absolutamente todos bailaban, menos el viejo y yo. Lo único que se me ocurrió fue pedirle perdón por lo que había dicho, pero Alberto me ganó de mano interrumpiéndome con una pregunta: “¿Vos qué escuchás pibe? ¿Qué bailás en la plaza?”. “Escucho bastante rock, más que nada nacional, pero no se baila mucho en plazas”, le dije. “No ves que no entendés nada pibe”, me volvió a decir.
Ya harto de que me maltratara verbalmente, le pregunté qué era eso que no entendía y que supuestamente él sí. “Vos no entendés que el tango siempre fue una movida para ganar minitas, y la mayoría de esos rockeritos no buscan otra cosa más que guita. Y mira cómo de paso me salió un versito pibe”.
De repente una mujer se acercó e invitó a Alberto a bailar. El viejo me guiñó un ojo, y yo me fui alejando de la famosa glorieta que hay en la plaza Barrancas del barrio de Belgrano. Esa glorieta que al atardecer junta pasión y tango, que reúne a más de treinta personas por día, sedientas de esta música que los vio nacer.
Después de un largo rato de contemplación, un señor de edad, con traje y pucho en mano, comenzó a acercarse. “¿Sabes lo que pasa pibe?”, me preguntó. Me pareció un tanto estúpido preguntarle “qué”, por eso esperé a que siguiera hablando. “Hoy me quedé sin pareja pibe, eso pasa”, dijo con un tono soberbio y hasta repulsivo. “Cuando tenía tu edad las minitas me sobraban pibe, hoy ya no”, agregó. En ese momento yo no sabía qué hacer: si aconsejarlo (¿Yo? ¿Con 50 años menos que él?); si seguir hablando de ese tema; o hacerme el distraido y seguir mirando cómo los demás bailaban tango… Elegí la primera opción.
“Alberto (así me dijo que se llamaba), no se ponga mal; usted ya las habrá vivido todas. ¿Por qué no se dedica a otra cosa ahora?”, le pregunté. “Quizás el tango ya murió”, agregué un tanto asegurado. Después de esa drástica afirmación el viejo me miró, dio una pitada a su cigarrillo light y dijo: “¿Sabes lo que pasa pibe?, vos no entendés nada, eso pasa”.
No sabía qué decir. Me había metido en un gran lío. Alberto estaba indignado por mi aclaración y yo no sabía cómo remontar esta extraña situación. A todo esto el tango seguía sonando, y todos, pero absolutamente todos bailaban, menos el viejo y yo. Lo único que se me ocurrió fue pedirle perdón por lo que había dicho, pero Alberto me ganó de mano interrumpiéndome con una pregunta: “¿Vos qué escuchás pibe? ¿Qué bailás en la plaza?”. “Escucho bastante rock, más que nada nacional, pero no se baila mucho en plazas”, le dije. “No ves que no entendés nada pibe”, me volvió a decir.
Ya harto de que me maltratara verbalmente, le pregunté qué era eso que no entendía y que supuestamente él sí. “Vos no entendés que el tango siempre fue una movida para ganar minitas, y la mayoría de esos rockeritos no buscan otra cosa más que guita. Y mira cómo de paso me salió un versito pibe”.
De repente una mujer se acercó e invitó a Alberto a bailar. El viejo me guiñó un ojo, y yo me fui alejando de la famosa glorieta que hay en la plaza Barrancas del barrio de Belgrano. Esa glorieta que al atardecer junta pasión y tango, que reúne a más de treinta personas por día, sedientas de esta música que los vio nacer.

4 Comments:
este gabito es el primo de Umanoh? o que?
me gusto este espacio, pero que no se muera gabito umanoh chee
Sí, son primos. Gabito Crónico es este.
CARETA
cuanta vida en la glorieta !
cuanta vida en el tango !
excelente gabito.. como siempre queride ! es sabido..
:)
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