Él también
En un café de la calle Cuba dos personas se conocen. Ella no es rubia, y ni siquiera de ojos claros. Él no cuenta las horas necesarias para que le concedan un sí, y ni siquiera sueña despierto con su chica ideal. Se miran, pero no se tocan. Es que el tacto está atravesando una mesa de madera que contiene sus tragos. Ella pidió café, él cerveza. No combinan, pienso desde afuera, cuando logro cruzar la calle sin que me pisen. El auto rojo estacionado en la puerta del bar es de ella. Él no tiene, y ni siquiera sabe manejar. Al principio a ella le importó. Le parecía una mala imagen la de una mujer manejando con un hombre al costado. Él piensa que eso sería una linda fotografía freak para exponer en alguna muestra freak de fenómenos freak como el hecho de que una mujer conduzca con su hombre al costado. Él no es machista, pero parece creer (lo miro desde afuera) que la sociedad lo empuja a serlo. Si no hace esto será poco hombre, si no hace aquello será un dominado, y si no cumple con eso será un homosexual reprimido que figura estar con una mujer para ocultarlo. Ella también lo piensa, pero en una menor escala. Es que piensa que la mujer ocupa un lugar privilegiado que todo hombre debe proteger. Él se ríe de sus pensamientos y la incita a disfrutar. Ella no lo escucha. Todavía no aprendió a leer sus pensamientos. Se termina el café, la cerveza se calienta, y sobre la calle Cuba aparece un vendedor de flores que logra convencer al hombre para que se las regale a su mujer. Él le dice que no, y el vendedor cambia su rutina por primera vez en la vida: le pregunta a ella si quiere comprarle flores a su chico. Ella se indigna, dice que le parece poco serio, poco femenino, y poco real. El vendedor se ríe y le asegura que los hombres también necesitan de esas flores. Ella y él buscan miraditas cómplices. Él se pone incómodo. Las quiere, pero está incómodo. Siente miradas, aprietes, consejos, risas, burlas, y un millar de pensamientos ajenos a lo que toda la humanidad realmente quiere, pero esconde. Lejos de la buena voluntad, ella le compra finalmente las flores tan requeridas. Se las regala, pero a él le da vergüenza caminar por la calle con eso. Las esconde en el auto rojo estacionado en la puerta del bar y empieza a caminar hacia el baño. Se mira en el espejo, se lava la cara, y con una sola mano acaricia su pelo de la forma que más le gusta. “Menos mal que te peinaste un poco. Era hora, ¿no?”, dispara ella mientras él sigue mirando las flores que cada tanto necesita.

2 Comments:
'Un señor muy alto...
...va a lo de su novia muy petisa.
Este planeta es un rompecabezas.
Otras dos piezas que encajan perfecto'
(Liniers, absurdamente macanudo)
A veces, cosas como estas dan ese miedito de porquería.
A veces, están buenísimas!
Muy lindo Gachu, muymuy
Lu*
la revolución cariñosa de los hombres, menos mal...
muy bueno gach, muy sincero.
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