Si-elo
El hombre camina con la cabeza a gachas y tiene sus motivos. De él se desprenderán médicos, ciencias, informes periodísticos, pastillitas que llaman la alegría, y algún rincón de nostalgia por ese que fue. El hombre sigue caminando con la cabeza a gachas, pero ya no encuentra sus motivos. Los que lo conocen dicen que se acostumbró. Que erguir su cabeza sería como pedirle una sonrisa. Y que el paso del tiempo lo fue habituando a encontrarse con el suelo, su suelo. Ahí es donde se encuentra con chicles mascados, esos que lo abrazan aun más a la superficie que pide que no se despegue. Pero al hombre le da asco. Quién habrá mascado ese chicle. De haber sido una boca femenina mejor, claro. Pero cómo saberlo. Así fue comprobando que la marca de los dientes masculinos es un poco más pronunciada que la femenina. La goma de mascar delata a su depredador, y el hombre reconoce, lentamente, pero reconoce. Ya no le dan asco esas pisadas, porque sabe de donde vienen, lentamente, pero sabe de donde vienen. Su mirada al suelo lo invitó a conocer ese mundo superficial que lo acompaña. Su joroba, tan estoica como siempre, empezó a incomodarlo un poco menos, cada vez menos. Nunca más miró hacia arriba. Es que el cielo le daba vértigo. Una masa tan azulada en su cabeza era tan absurda como aquellas nubes que arrojaban agua en su campera. El hombre siguió mirando al suelo. Y fue en el medio de una noche fría cuando encontró esas huellas que había dejado días atrás. Habían sido marcadas en aquellas caminatas inciertas, distraídas, en las que el hombre caminaba zigzaguante, sin ningún otro encuadre en sus ojos que el del cielo, esa masa tan azulada que lo sigue hasta los pies, los que caminan lentamente por su suelo.

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